El Logos de la verdad del evangelio ha indicado una ley: LOS ÚLTIMOS PRIMEROS, LOS PRIMEROS ÚLTIMOS. Ahora en la famosísima parábola del hijo pródigo la materia es el perdón del arrepentido pero se ve en el resultado como el que estaba perdido se pone primero por la ternura de la misericordia. El Magnificat de la Virgen es el hilo conductor, es decir lógico.
Esto ya está decretado y se expande en la máxima belleza de la narración. El hijo pide su herencia anticipada y la dilapida afuera, en el mundo ¿Por qué no vivir a su gusto? dice el alucinado por la gloria mundana. Pero quedó en posición de comer las bellotas de los chanchos pero nadie se las daba. Lo único que tenía entonces es ser como los servidores en la casa de su padre. Pero éste lo ve venir de lejos y cuando llega se le echa al cuello y lo besa mas él arrepentido quiere decirle aquello: PADRE HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TÍ NO SOY DIGNO DE SER LLAMADO TU HIJO. Repetir esto sin pensar lo que connota sería meramente edificante.
Aquí hay un padre en la tierra y otro en el cielo, el cual mide y determina la verdad de este mundo. El padre lo certifica premiando el arrepentimiento: ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO, ESTABA PERDIDO Y HA SIDO HALLADO. Tajante la diferencia ontológica: el cielo es la medida no el consenso ni las prácticas humanas por las cuales merecía, a juicio del hijo mayor, solo reprimendas y no premios. La paradoja salta siempre: se premia al pecador en donde se lee su contrición interior. El juicio del mundo no cuenta. Se ve el claro del ser en las palabras de ambos: el padre y el hijo menor. Se ve el mundo cerrado en quien ahora se queda afuera del claro: el hijo mayor que reclama justicia mundana.
Esto ya está decretado y se expande en la máxima belleza de la narración. El hijo pide su herencia anticipada y la dilapida afuera, en el mundo ¿Por qué no vivir a su gusto? dice el alucinado por la gloria mundana. Pero quedó en posición de comer las bellotas de los chanchos pero nadie se las daba. Lo único que tenía entonces es ser como los servidores en la casa de su padre. Pero éste lo ve venir de lejos y cuando llega se le echa al cuello y lo besa mas él arrepentido quiere decirle aquello: PADRE HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TÍ NO SOY DIGNO DE SER LLAMADO TU HIJO. Repetir esto sin pensar lo que connota sería meramente edificante.
Aquí hay un padre en la tierra y otro en el cielo, el cual mide y determina la verdad de este mundo. El padre lo certifica premiando el arrepentimiento: ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO, ESTABA PERDIDO Y HA SIDO HALLADO. Tajante la diferencia ontológica: el cielo es la medida no el consenso ni las prácticas humanas por las cuales merecía, a juicio del hijo mayor, solo reprimendas y no premios. La paradoja salta siempre: se premia al pecador en donde se lee su contrición interior. El juicio del mundo no cuenta. Se ve el claro del ser en las palabras de ambos: el padre y el hijo menor. Se ve el mundo cerrado en quien ahora se queda afuera del claro: el hijo mayor que reclama justicia mundana.
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