Y la muerte produjo también un cambio en la multitud. Las mujeres que observaban todo se lo contarían a Lucas. Se volvían golpeándose el pecho con el sentimiento del centurión. Fueron testigos de un hecho único en el universo y el Evangelio nos hizo partícipes a todos.
Nos es imposible no escuchar este grito que rajó el cosmos entero, aquí en el claro de la filo-sofía. Lejos del fenomenal ruido de la cultura contemporánea. Un ruido querido y provocado y amenazador y provocador. Una burla a la esencia humana en consonancia con la que le propinaron a Jesús.
Ahora el trato con su cadáver a cargo de José de Arimatea miembro del consejo que lo puso en una cueva en la roca sellada. Las mujeres observaron y tras el descanso solemne de aquel sábado acudieron con aromas al sepulcro pero no hallaron su cuerpo y la piedra estaba removida. Dos personaje con vestiduras refulgentes para su espanto aparecieron y les anunciaron su resurrección recordándoles lo que les decía que resucitaría al tercer día. Ellas se apresuraron a contarles a los apóstoles pero no les creyeron, salvo Pedro que salió corriendo y halló el sepulcro vacío.
Este escrupuloso detalle de lo sucedido ampliado en los otros evangelios precede al intenso e íntimo cuento de los discípulos de Emaús.
Esta narración enmarcada con las parcas narraciones de hechos más importantes que se van hilando y son consecuencias del origen también único y maravilloso es como una irrupción de la literatura si no fuera algo más: la clave de la intimidad y la cercanía que se configura en este evangelio y se expande en el de Juan no sin pasar por el amor paulino por sus compañeros entre los cuales se contó Lucas.
Avanzan dos de los menos notables caminando hacia Emaús desde ese momento en que todos se retiraron golpeando su pecho y nada se dice de los apóstoles salvo la extrañeza de Pedro. Iban conversando de lo sucedido cuando el mismo Jesús en persona se unió a la comitiva. Tenían los ojos incapacitados para reconocerlo y recibieron amonestación siguiente: ¡QUÉ NECIOS Y TORPES PARA COMPRENDER LO DICHO POR LOS PROFETAS. ¿NO TENÍA QUE PADECER ESO EL MESÍAS PARA ENTRAR EN SU GLORIA?
Y Jesús les fue explicando lo que se refería a Él comenzando desde Moisés. Debió ser bastante ya que llegaron con esa inesperada lección después de la vista pasión. Él hizo ademán de seguir pero ellos lo invitaron a pasar y en la merienda LO RECONOCIERON EN LA FRACCIÓN DEL PAN PERO ÉL SE QUITÓ DE SU VISTA.
El ritmo de paz de este suceso que se sale del decurso de la narración concluye con esta punzante pregunta mientras rehacen el camino para dar la buena nueva:
¿NO NOS ARDÍA EL CORAZÓN MIENTRAS NOS HABLABA POR EL CAMINO?
Se le había presentado a Pedro al mismo tiempo le cuentan los otros. Lo intenso estuvo de parte de los discípulos de Emaús.
Nos es imposible no escuchar este grito que rajó el cosmos entero, aquí en el claro de la filo-sofía. Lejos del fenomenal ruido de la cultura contemporánea. Un ruido querido y provocado y amenazador y provocador. Una burla a la esencia humana en consonancia con la que le propinaron a Jesús.
Ahora el trato con su cadáver a cargo de José de Arimatea miembro del consejo que lo puso en una cueva en la roca sellada. Las mujeres observaron y tras el descanso solemne de aquel sábado acudieron con aromas al sepulcro pero no hallaron su cuerpo y la piedra estaba removida. Dos personaje con vestiduras refulgentes para su espanto aparecieron y les anunciaron su resurrección recordándoles lo que les decía que resucitaría al tercer día. Ellas se apresuraron a contarles a los apóstoles pero no les creyeron, salvo Pedro que salió corriendo y halló el sepulcro vacío.
Este escrupuloso detalle de lo sucedido ampliado en los otros evangelios precede al intenso e íntimo cuento de los discípulos de Emaús.
Esta narración enmarcada con las parcas narraciones de hechos más importantes que se van hilando y son consecuencias del origen también único y maravilloso es como una irrupción de la literatura si no fuera algo más: la clave de la intimidad y la cercanía que se configura en este evangelio y se expande en el de Juan no sin pasar por el amor paulino por sus compañeros entre los cuales se contó Lucas.
Avanzan dos de los menos notables caminando hacia Emaús desde ese momento en que todos se retiraron golpeando su pecho y nada se dice de los apóstoles salvo la extrañeza de Pedro. Iban conversando de lo sucedido cuando el mismo Jesús en persona se unió a la comitiva. Tenían los ojos incapacitados para reconocerlo y recibieron amonestación siguiente: ¡QUÉ NECIOS Y TORPES PARA COMPRENDER LO DICHO POR LOS PROFETAS. ¿NO TENÍA QUE PADECER ESO EL MESÍAS PARA ENTRAR EN SU GLORIA?
Y Jesús les fue explicando lo que se refería a Él comenzando desde Moisés. Debió ser bastante ya que llegaron con esa inesperada lección después de la vista pasión. Él hizo ademán de seguir pero ellos lo invitaron a pasar y en la merienda LO RECONOCIERON EN LA FRACCIÓN DEL PAN PERO ÉL SE QUITÓ DE SU VISTA.
El ritmo de paz de este suceso que se sale del decurso de la narración concluye con esta punzante pregunta mientras rehacen el camino para dar la buena nueva:
¿NO NOS ARDÍA EL CORAZÓN MIENTRAS NOS HABLABA POR EL CAMINO?
Se le había presentado a Pedro al mismo tiempo le cuentan los otros. Lo intenso estuvo de parte de los discípulos de Emaús.
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