sábado, 29 de octubre de 2011

LA LIBERTAD ONTOLÓGICA DE ISRAEL

VI

En ese camino hacia el origen la historia da grandes rodeos. El último de los jueces es el mejor: Samuel ¡privilegio de no tener gobierno formal y estar bajo tal guía! Pero los hombres buscan saciarse de la exterioridad o enajenamiento del mundo y corren tras las apariencias y se afirman en las propias opiniones.
Ahora va a querer rey como los otros pueblos y tiene sien embargo al juez querido singularmente por Yahveh. Así serán los hombres en su historia superficial.
Ana, una figura de Elizabeth pues quedó embarazada por obra explícita de Dios había concebido a Samuel y canta un cántico semejante al de María cuando visita a su prima. En esto se ve la singularidad mencionada.
Samuel es el consagrado que escucha a Dios con el habitual: HEME AQUÍ y debe juzgar en un pueblo siempre enajenado en los baales y derrotado por ello. Solamente cuando hace penitencia y vuelve a Yahveh se recupera. Así envejece Samuel en el consabido péndulo del hijo, del elegido de Yahveh, del pueblo de Israel que es siempre el del hombre en general que se cierra frente a un Dios que como un padre solicita su obediencia filial.
El pueblo de Israel quiere ser como todos y tener un rey que conduzca sus batallas por más que los esquilme en impuestos y en servicios para su corte. Quiere mundo no a Dios y a un santo como juez. Así serán los hombres y así han sido, según la narración de estos prestigiosos libros: es muy útil repetirlo porque es subrayado en las llamadas Sagradas Escrituras.
Entonces viene Saúl, de la tribu de Benjamín, la más pequeña, que irá buscando unas asnas perdidas y será ungido rey por Samuel. Quien se retira enrostrándoles los pasados pecados sirviendo a los baales y poniendo siempre el tema de esta historia por delante: SI TEMIEREIS A YAVEH Y LE SIRVIERES Y ESCUCHAREIS SU VOZ Y NO FUEREIS REBELDES A SUS MANDAMIENTOS, TANTO VOSOTROS COMO VUESTRO REY…BIEN. Lo contrario traerá calamidad y ahora se lamenta de la elección que han tenido, dejando a Yahveh como rey y pidiendo un simple hombre.
Para Samuel esto es una maldad por la cual pide prodigios a Dios que avalen sus dicterios y vienen truenos y lluvias. Tras ellos Samuel los exhorta a no seguir vanidades y a que sigan en cambio a Yahveh que no abandona a su pueblo pues ha querido hacerlo suyo. Lleno de celo le enseña el recto camino para temer a Yahveh y servirlo de todo corazón, porque de lo contrario, haciendo el mal a sus ojos perecerán.
Así sucedió que Saúl no fue obediente a su voz y Samuel le comunica que ha perdido su gracia porque “mejor es la obediencia que los sacrificios”. Ha arrancado hoy de ti Yahveh el reino y lo ha dado a quien es mejor que tú: este cambio también da de pensar acerca de la instabilidad del poder.
El momento de David que será ungido a espaldas de Saúl por un Samuel que habla nuevamente con Yahveh y va a Betlehem donde le va diciendo primero los que no son elegidos hasta llegar al más pequeño pues “Dios no ve las apariencias como el hombre”. Así David es ungido y recibe el espíritu del Señor en el punto en que Sául lo pierde y lo posee un espíritu malo. Precisamente David es quien es escogido para tocar la cítara en su presencia para calmarlo.
Se torna dificultoso discernir si el cuento gusta porque es célebre o adquiere su celebridad por el gusto raro que hallamos en el relato. Hay una mano maestra que va encantando con los episodios y a este gusto nos sometemos con las generaciones.
Ahora seguimos con lo dicho en el argumento.

VII

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