La Biblia con sus libros ha sido escrita para alimento, deleite y sobre conocimiento nuestro. Así estamos preparados para escucharlo a Él mismo, al Verbo del Padre que nos habla hoy a cada uno. Es un curso preliminar, una propedeútica para que se ponga en marcha nuestro espíritu para la recepción del Espíritu en nosotros y podamos interpretar y seguir sus mociones. En fin para que veamos, esperemos y amemos con su amor derramado en nuestros corazones. Sí, hay que decirlo: la Biblia no es para hacer teología sino para comerla en el PAN DE VIDA.
Las historias que a continuación vienen ya son del afuera con hombres “reales”, es decir para quienes sólo vale el fuera y sólo ven lo que sus ojos recogen. Dios queda a tiro de interna palabra con quien escucha (OIRÉ LO QUE EN MÍ HABLA EL SEÑOR, dice el salmista reflejando aquel constante: HABLA SEÑOR QUE TU SIERVO ESCUCHA de parte de un patriarca o profeta).
Y tenemos después de rara genealogía desde Adán (para nosotros simplemente: el “hombre”, tomado del “humus”) a Noé quien escucha en su alma la palabra y construye el arca delante de los hombres siempre caóticos y sordos a esa palabra porque son cerrados es decir realistas, es decir mundanos y culturales, o sea que se miden por ellos.
Y vemos el maravilloso flotar de Noé sobre las aguas y cómo el arca encalla…¡en la cima de un monte! La pureza del agua y la altura de una montaña dicen pureza, infinitud y mencionan la promesa de salvación ¿De qué? De esa cerrazón que los cosifica en el olvido de lo que la voz de Dios recuerda y el mundo va olvidando progresivamente como se ve desde la salida del paraíso, donde Caín no sabe ya nada de aquello.
Y se vuelve después del diluvio a lo mismo, lamentablemente para el poeta que se quedó con la paloma que halló en la verde ribera a su socio deseado herida de soledad.
La prosa de los hombres del mundo avanza hasta el cuento de la torre de babel con el raro suceso de la confusión de las lenguas que se conecta con la venida del Espíritu de Pentecostés donde se hicieron comprensibles. Los hombres quisieron subir al cielo o bien cubrirlo con sus maquinaciones. La lengua única da de pensar ¿será la técnica?
Genealogía por medio, la voz del Dios Palabra (que repetimos, se comporta como un padre que dona y bendice a la familia –usamos para conocerlo el método de la analogía, como nosotros Él en plenitud infinita) le indica una tierra y le da una promesa para bendecir a todas las naciones de la tierra y por extensión del universo (lo saca afuera a mirar las estrellas). Melquisedec viene a su encuentro y da testimonio del sacerdocio eterno. En el transcurso de este cuento, donde se notan varias versiones incluidas las abundantes palabras de Yahveh se vuelven universales: “y le sacó fuera y dijo: mira al cielo y cuenta las estrellas si puedes contarlas…así será tu descendencia”. Esto lo decía a un hombre anciano y con una mujer estéril. Por el hijo serían benditas todas las naciones y tendría en herencia una patria: he aquí la promesa que pasa por arriba de la ley. Y así lo ve el evangelio de San Mateo (llama a Jesús: hijo de Abraham, hijo de David) que cuenta también generaciones hasta el nacimiento universal de Belén.
Allí veremos cómo la promesa de Abraham se cumple y el cuento se vuelve entrañable: el del pesebre, no ignorado por ningún hombre desde que la tradición de la Iglesia pudo hacerse oír. Dos cuentos universales hay en este gran cuento de la Biblia: el de Adán y Eva y el del nacimiento de Jesús en Belén, visitado por los pastores y en otro momento por los magos de oriente.
En el medio se narra la historia de la descendencia material con la posesión de la tierra material a través de los hijos de Abraham: narración donde se ve la paternidad de Dios que conduce al hijo de la descendencia desde Isaac y Jacob, dejándolo en Egipto, en la prosa del mundo como fabricante de ladrillos para después dirigir la epopeya que hasta el día de hoy recuerdan los judíos: el cruce del mar rojo en la pascua.
Es la narración correspondiente que se ha llamado Éxodo no menor en interés que la anterior del llamado Génesis donde la historia de Isaac y la de Jacob tiene una calidad máxima para la sensibilidad literaria de todas las épocas. Con esto decimos: no es un cuento cualquiera, lo percibe quien lee con sensibilidad cultivada; y no es cuestión de cultura.
Y si no es menor en interés allí también la constante de la teofanía a través de la palabra abre el cielo, que es de lo que se trata en este gran cuento: desprosificar el cerrado mundo que nos asfixia por humano y demasiado humano.
Entonces viene el célebre nacimiento de Moisés en Egipto, del cual no interesa a los amantes de los cuentos la historicidad sino la decibilidad (que indica de parte del cielo justamente lo que rechazan quienes odian las prohibiciones para tener patente para un hacer sin limitaciones) y nos hallamos con la piedad de un hombre que defiende a sus hermanos y que recluido en el desierto escucha el renovado: Moisés, Moisés…heme aquí”. El Padre habla y el hijo que aún se siente siervo responde. Y el Padre le dice en medio de una zarza ardiente: Yo soy el que es y os está cerca ¿Quién más que el Padre podría mencionar la cercanía? No un dios imaginado o representado, siempre como poder. Sigue siendo el poder de un Padre para con su hijo por quien se preocupa, ahora, por toda la descendencia de Abraham.
Aquí surge una cuestión fundamental: ¿YAHVEH es yo soy? La traducción tradicional fue “Yo soy el que soy” y “el que es me envió” le dice a Moisés. “Este es mi nombre para siempre”. Filólogos hoy, claro está desdicen esto. La discusión puede ser interminable, mas teniendo en cuenta que la objetada metafísica cristiana reposa en el Yo soy el que es, según Tomás de Aquino, el ser subsistente, quien es su propio ser y no el que tiene ser, como la creatura.
Sea de esto lo que fuere según las conveniencias de unos y otros, contestes en eliminar para siempre la cuestión tercera de la Suma, por nuestra parte salutífera, es YAVEH el verbo ser hebreo. Y diga: Yo soy, diga hago ser, diga llamo a la existencia y se trate de bajar a la concepción material de aquel tiempo acerca del ser (ya la he oído con respecto a Parménides y mal vista o empíricamente considerada por filólogos no filósofos) nosotros leemos nuestro cuento escrito con palabras que hablan para oidores de todos los tiempos. Jesús, como hemos dicho en otra parte, pronunció varias veces el YO SOY y no se preocupó de lo que especialistas de hoy dirían.
De acuerdo a nuestra lectura del gran cuento experimentada a lo largo de los días de nuestra vida hemos verificado en ellos precisamente que HOY ÉL ES. Y no hemos escuchado la zarza ardiente sino sentimos ardiendo nuestro corazón por las calles y senderos donde experimentamos que las cosas son, HOY ÉL ES para mí y sobre todo que yo soy para Él. Más facil quizás: delante de estas sierras en la tarde.
Toda una fiesta del ser y el tiempo que acontece ya en esta dimensión, en la plenitud de lo eterno.
En el éxodo esto se lee como una teofanía, cosa que pocos lo toman al pie de la letra. Para ellos esto es literario, es decir cosa de ficción que hay que interpretar al modo de un sueño freudiano. Para nosotros la realidad misma es cuasi ficción o por lo menos insustancial y determinada por motivaciones múltiples del mundo cerrado. El cosmos, por otra parte, ya sabemos hoy que es una explosión de nada que va hacia la nada. Poco pudo sospechar de ello Galileo.
Supongo que los religiosos por el hecho de serlo tienen alguna experiencia de Dios y aceptan el hecho de que Moisés sacó al pueblo elegido de Egipto pero para nosotros la historicidad y sus criterios nada tienen que hacer en este lugar. Por otra parte lo histórico de un hecho actual tiene diversidad de interpretaciones según ideologías y conveniencias inmediatas ¡Qué será para hechos de tres mil quinientos años atrás!
La teofanía y el paso del mar Rojo tras la Pascua ocupan un lugar fundamental en nuestro gran cuento: significan la Pascua y la liberación del pecado, leídos así, en estos términos, por un fariseo llamado Pablo que escribió las catorce epístolas tenidas por canónicas desde el siglo cuarto de nuestra era. Este cuento es algo muy leído y muy comentado y sobre todo muy escuchado por las personas a quienes va dirigido, por dos mil años, las cuales, ellas mismas en cuanto personas, son el criterio de verdad del mismo.
Es verdad, porque me habla a mí y a mí me dice: YO SOY EL QUE CONTIGO HABLO. Tal es el criterio de verdad basado en mi historia, la de una persona que despierta al escuchar tales palabras leyendo el encuentro con la mujer de Samaría, junto al pozo
y no en facultad alguna de teología.
III
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