La Biblia tiene por lo menos el mismo derecho que los demás textos para obtener la autoridad de alguien en cuanto escrito por autores que se ven “inspirados” así como uno cuando ha escrito sus mejores poemas: los escribió sin sentir esfuerzo y con reconcentrado gozo y quizás como la oda a la vida retirada de Fray Luis de León, las coplas de Manrique o las liras de Juan de la Cruz (de las cuales Paul Valery dijo al descubrirlas traducidas al francés que eran los mejores versos que leyó, él, el simbolista moderno y sin Dios) tendrán quienes se rijan por ellos desde el interior inexorable del espíritu que ata con hilos de luz.
Si es Dios quien habla en la Biblia o no es algo que no decide nada acerca de la verdad y belleza de lo que allí se propala con voz de un Padre que se preocupa por sus hijos, cosa que a muchos nos ha pasado y sabemos de qué se trata. La verdad brota de este hecho de paternidad.
En este cuento, de pura poesía, un Padre habla y comienza creando lo que no había como cualquier padre, sólo que él crea absolutamente hablando. Él crea con la Palabra como cualquier poeta y especialmente al hombre para lo cual en el más viejo texto de la creación usa metafóricamente la mano aunque le sopla espíritu. En el primer relato, con la palabra lo hace su poema (HAGAMOS, dice) a la imagen del Hijo, como lo dice el escritor de epístolas (ESTIS POIÉMATA TOY CHRISTOY, Ef.2), cartas dirigidas a nosotros.
Un Padre habla y crea y habla ad intra a las otras personas (que atendiendo a la significación originaria de las palabras es igual a RESONADOS: per-sonare) cuando crea al varón y a la mujer a su imagen y semejanza. El Padre engendra “al Hijo hoy”, como dice en el salmo segundo nuestro gran cuento`poético, que contiene ciento cincuenta salmos. El Padre crea al hombre (=varon y mujer) a imagen de su Hijo y con Él y les da su porción de Espíritu Santo soplando sobre él.
Así los hizo con esa porción de santidad paradisíaca la cual podía ser perdida (possit pecare dijo el filo-sofo AGUSTÍN) por inclinación al conocer lo que no tenía que ser: el conocer finito conoce el bien con la experiencia del mal y elige el bien teniendo que luchar contra el mal (el campo le produce espinas y se le siembra cizaña). Una persona finita lo envidia (protagonista esencial del cuento) adivinando su victoria en la lucha y su paso al lugar más alto siendo el último. Una persona que odia con su soberbia y conspira contra la humildad, receptora de la verdad completa (según puede verse en el libro final de la Biblia), que es la enseñanza del Espíritu Santo.
Reconoceréis que esto dice el cuento gratuito de la Biblia al cual considero como uno, pues está en un mismo volumen, del primer al último libro: allí campea el envidioso con su odio y el divisor, acusador, calumniador que en griego es DIABLO y ejerce en el cuento su diabolía como en muchísimas novelas, televisivas o no, y en cuentos de hadas.
Su acción es sobre el hombre en su unidad varón-mujer a quienes se dona la gracia de la paz que no puede dar el mundo. Y Dios a quien no vemos se hace sentir como el Padre que amonesta porque existimos fuera suyo.
El mundo precisamente se ve en este cuento como lo de afuera del paraíso, como el campo de los experimentos de la lucha y del conocimiento ¡Y a fe que se ha desarrollado! El primer relato incluye la orden de marcha de tal desenvolvimiento: ¡Henchid el mundo y dominadlo!
El padre desde afuera (es decir desde su divinidad, desde el ser) lo conduce al hombre (ya en medio de los entes) como hijo que es “a imagen” de quien eternamente engendró y le promete ser él quien le quiebre la cabeza a la serpiente calumniadora. Mas la inmediatez, adonde desciende desde la gracia que poseía como niño de Dios, lo somete al desorden que experimenta: la desnudez y la violencia, EROS Y THÁNATOS, dijo el fundador de la psicología profunda, educado en la Biblia.
Y esto adviene afuera de lo que será ya no real: el paraíso. No real para la ciencia que el científico adorará proscripto del origen.
Así comienza el gran cuento desde las causas a los efectos, desde adentro de Dios (hagamos al hombre a nuestra imagen) hacia fuera, desde el fundamento hacia lo superfluo, lo que fluye en la superficie, desde el paraíso hacia el mundo, construido con materiales perecederos. Y sólo se habita en la región de la quimera dijo el padre de la revolución francesa, realidad de realidades.
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