martes, 25 de octubre de 2011

LA GRAN POESÍA III

Por cierto que la narración de las circunstancias de la salida de manos del Faraón se vuelve sublime. Para nosotros, los lectores, tantos milenios después es motivo de alegría, ya que estamos en un proceso de liberación inexorable con respecto a toda estructura que nos ponga a fabricar ladrillos para un Faraón o sociedad planificada alguna (sí, no se asusten: somos miembros de un estado libre y de la sociedad civil pero esta es una dimensión cósmica para gobierno de nuestro paso: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: nuestra persona o imagen suya).
En nuestra lectura la emoción de salir de las ollas de Egipto para ser conducidos por Dios mismo en el desierto y ser alimentados por su mano libres de toda cultura de masas llega a su máximo. Agradecemos ser suyos y ser sacados de las manos del poder omnipotente de las ciudades con todo lo que en ellas se contiene, desde estadios hasta las nobles universidades. Caminar por el desierto siguiendo la columna de nube se nos antoja algo hermoso y digno del hombre que cae una y otra vez por estar fuera del paraíso: el mundo, sea Babel, sea Sodoma. Eso de ir mirando el cielo del desierto guiados por una nube es como aquella salida de don Quijote por el campo de Montiel e ir a parar a las soledades del la sierra Morena.
Ese ir a contramano del mundo, de la opresión de las culturas (como Rut: tu Dios será mi Dios) y las opiniones se vive en este cuento en el libro del Éxodo, donde el Dios se nombra simplemente como EL QUE ES. No es algo: simplemente “es” y nos llama a nosotros a “ser”. Y en la penitencia del maná y de las codornices donde cada día tiene su propio afán.
Y Dios que así se nombra y da la libertad del ser (no la política donde la libertad se la confiere el mismo hombre) amonesta como Padre y da los diez mandamientos en una nueva y suprema teofanía. En el desierto del Sinaí los llama desde el monte a ser un reino de sacerdotes y una nación santa porque les pertenecen a Él y exige la santificación ya que “su nombre es santo”.
Las prohibiciones y los mandamientos incumplibles por los hombres, como son fuera del paraíso, emanan de un privilegio: el de los futuros hijos y partícipes del ser de QUIEN ES, su ser es caridad, agape.
Los hombres por cierto en la finitud necesitan también regulación para el uso de las cosas y reciben normas de convivencia y tienen un legislador inspirado que ha subido al monte y recibido las tablas de la ley y ha quedado transfigurado en su rostro, escena que vuelve a realizarse con la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Entre tanto los hombres han adorado al becerro de oro llevados por el impulso irrefrenable ya mencionado: thánatos y eros. Y así será bajo la ley que se llenará de preceptos sin poder domar la condición del hombre en el mundo hasta la gracia que hará depender la victoria del hilo más delgado: la fe. Así lo explica el ex fariseo que escribe las catorce cartas a los cristianos.
No se ve ningún cambio en la naturaleza sino por la dulzura de la gracia en el Espíritu Santo de la promesa, como se lo denomina al final del evangelio de San Lucas.
El primer mandamiento de la ley, repetido en los libros de la ley que siguen al Éxodo, muestra la exclusividad del amor del Padre a quien hay que amar sobre todo y con todas las fuerzas, que si bien en el hombre están dispersas ha de unificarlas para ser aquello que es desde su origen: no lo que es inmediatamente pues es lo que no tiene que ser y lo que tiene que ser está en el precepto y luego en la gracia a través de la ofrenda del sacerdote para siempre, donde se cumple la promesa de Abraham.
El primer mandamiento dispensa la descripción de los otros y más aún de los preceptos: si se ama al Padre que nos habla con todo el ser, las fuerzas, el corazón quedamos absortos en Él y con plena santidad viendo todo en Él cumplimos ipso facto todo mandamiento.
San Agustín lo dijo así en la oración preliminar a sus Soliloquios: PARA LOS QUE SE REFUGIAN EN TI LES MUESTRAS QUE EL MAL NADA ES.

IV

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