domingo, 2 de octubre de 2011

LA BELLEZA EN LA ÉPOCA DE LA REVELACIÓN CRISTIANA

Las preciosas primicias del cielo vienen revestidas de belleza, es decir de medida u orden bello. La medida es reflejo de “otra medida”, la medida de la medida que es infinita denominada en griego AGAPE y traducida con una equivocidad interesada como amor. DIOS ES AGAPE Y QUIEN PERMANECE EN EL AGAPE permanece en Dios y Dios en él. No es esto un simple: ¡amen!. No es voluntarismo antropológico que ha avanzado en los últimos quinientos años hasta enarbolar la bandera de “EL HOMBRE HA MUERTO” porque debe morir a manos de la otredad liberadora.
El amor es Dios y Él lo envía en orden bello: primero el Hijo es engendrado y luego el Espíritu es espirado por ambos y finalmente el Espíritu procede hacia ambos en la cercanía unitiva de la paz: pura bienaventuranza, gozo y espiritual deleite. Es así que puesta la creación como escabel de sus pies ha llegado la plenitud de los tiempos: la del tiempo que vuelve al ser que es la del envío del Hijo a asumir la naturaleza humana, envío de la Palabra que se vuelve signo humano de Dios
y se hace audible, visible y tocarlo. Así Él es la suprema belleza, la imagen del Padre, que da al hombre su figura: aquella que se pinta en la iconografía.
Así se plantea el tema de la belleza en la revelacíon que del hombre que es modelo final de las otras creaturas como se ve en los días de la creacón, que hay muchos hombres que creen que se refiere a días de veinticuatro horas. La belleza de las creaturas está documentada en el poema de San Juan de la Cruz: pasando vestidos los dejó de su hermosura.
El arte medieval da buena cuenta de la medida del Dios Trino

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