Siempre repetía mi maestro aquello de Goethe:
"hay que conquistar lo que se hereda". Él se refería a la Filosofía del Espíritu
en la cual se salvaba la
Filosofía en cuanto esencia del individuo humano singular o
persona. Mientras tanto el posmodernismo obraba su destrucción de la misma.
Pues bien la logotectónica en el siglo XXI
salva la Filosofía
legítimamente en un presente, la Historia. Es decir que nosotros gozamos de la
verdad de la Filosofía
hoy sin las dudas de entonces en la confusión de las "filosofías" y
sin las negaciones desesperadas modernas o el rechazo ciego posmoderno.
Hoy gozamos de cada tramo de su verdad, por
ejemplo, de la primera parte de la segunda de la Suma Teológica
cuando expone las pasiones. Y no sólo la gozamos en su belleza sino que la
incorporamos en su verdad muy útil.
Ver en un presente pleno lo que se ha
descartado como pasado "pisado" da una libertad nunca experimentada.
Mientras tanto somos hoy habitantes del lenguaje diferenciado cuyo gozo nos
traspasa y nos hace cantar como María en el Cántico de Lucas: se nos puede
llamar con ella felices en cuanto tenemos lo que se ha dado efectivamente ya,
llamados hijos de Dios por recibirlo. No es "creencia" es gracia
eficaz.
Y sabemos que no somos de una cultura
occidental sino que habitamos en el huerto de Laertes cercano al Nérito
de hojas temblorosas rodeados por aquellas aguas de cristal.
No sé qué sea la cultura porque a mí la
naturaleza me envuelve como siempre lo ha hecho desde niño y me acaricia como
una madre y en su regazo habito pleno de belleza. No sé de qué cultura soy sino
de la naturaleza misma anterior a toda cultura como lo sintió Rousseau.
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