martes, 5 de noviembre de 2013

Y la naturaleza está aquí: el bosquecillo en primavera traspasado por el dulce lamentar de dos palomas. Dejemos a Garcilaso y Fray Luis pues hoy no están en el mercado gigantesco de la "vanidad d vanidades y todo vanidad". Pero la dulzura sanante de la tarde crece en un cielo transparente y azul.
Sí está aquí más acá del rimbombante mundo capaz de todas las tiranías, captador de todo hombre que viene a su poder. Pero el hombre "existe" no es suyo y es "persona" o imagen de lo que no puede verse sino por Él, en Él y en su luz. Mas esto es poder de la fe y la esperanza y acabamiento de la caridad.
Los días del mundo pasan y se acerca el momento cuando "sólo quedará la caridad".
Recuerdo cuando iba leyendo un escrito en borrador sobre las virtudes teologales de mi maestro. Era joven y mis tías vivían aún. Ahora es el mismo día: ¿soy viejo ya? Soy el mismo.
Mas ahora veo ser verdadero el Apocalipsis. Esa lucha poética en el cielo de Jonia es el "afuera" y no no tiene pausa, se lee en los diarios, se experimenta con los prójimos en todo lugar, aunque sea en este aquí donde canta el zorzal:

              Zorzal, atravesó tu son mi infancia
              percutes tú del corazón la cuerda
              más íntima, pues es la que recuerda
              la pura, simple y alta y honda estancia.

              ¡Qué dulce aquel jardín y qué fragancia!
              ¡Qué atmósfera de cuento densa! Lerda
              con pasos de tortuga que concuerda
              con el contemplativo y su vacancia.

              Zorzal de mi alma fuiste el sonajero
              al tiempo en que a la vida despertaba.
              La escuela en verde césped tenía un tero

              y yo ya en ese entonces contemplaba
              bajo las tipas en un "lleno huero"
              sintiendo que mi tiempo no pasaba

               
             ¿Qué dice qué me está diciendo el canto?
             Quizás que hoy estaré en el paraíso:
             Él en la fe ya aquí traerme quiso
             pues más allá también se esparce el llanto.

             Mas su decir ha resonado tanto
             que en mi persona el rostro ya preciso
             dibujó con su dedo sobre el piso
             dando su aliento espiritual y santo 
             

             Paráclito, el Señor Vivificante
             que invade el campo en dulce primavera
             y así hace que en mis versos solo cante

             al recibir la intensa y verdadera
             bondad, belleza, paz en el instante:
             adentro suyo y de este mundo afuera.
              

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