sábado, 14 de diciembre de 2013

Seremos hijos del altísimo si amamos a los enemigos y damos sin esperar nada a cambio. Porque Él es bondadoso con los desgraciados y malvados. Por eso debemos ser misericordiosos como Él. Y no debemos juzgar para no ser juzgados ni menos condenar para no ser condenados. Debemos perdonar para ser perdonados y dar para recibir una medida rebosante. Porque como midiéremos seremos medidos.
Jesús expresa una absoluta determinación que nos mide. La paternidad de Dios exige hijos que se diferencien enteramente de sí mismos con respecto a sí mismos.
Hay que quitar la viga de nuestro ojo para ver claro la mota que hay en el ojo del hermano. El árbol se conoce por su fruto y el buen hombre del buen tesoro de su corazón saca lo bueno porque de la abundancia del corazón habla la boca.
Aquí hay un juicio: el malo saca cosas malas el bueno buenas y no se justifica uno  llamándolo Señor Señor sino haciendo su logos. Así todo el que oye sus logoi y los realiza es semejante a quien edifica sobre piedra. 
Su casa está bien edificada y habita entonces la inundación del mundo  no lo arrastra y la arruina.
SU LOGOS nos hace habitar si creamos desde él la paz. Su Logos es el fundamento.
Es así que sana al siervo del centurión a continuación de haber llenado los oídos del pueblo con sus palabras. Éste le dice aquello de la Misa:
"No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarlo" Porque él mismo ordena con sus palabras y se hace lo que manda, dice el centurión ¡Cuánto más sucederá con el mismo LOGOS DEL SER!




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