¿Habrá que alcarar que lo prosaico es ajeno al claro? Que lo que vale en este mundo autopostulado como la realidad repugna al claro se experimenta junto con el claro mismo que se abre ante una suite de Bach o un concierto de Vivaldi y se cierra de repente al invadirlo...bueno cualquier tipo de baraúnda circulante. No es elitismo: es que la Princesa pierde su condición ante las campanas y se convierte en Cenicienta. La esfera de luz del claro se desvanece y se retrae hasta el secreto de los altos montes, donde tienen las Musas sus altares, donde Jesús se va a orar y desde donde, después de establecer su Iglesia enseña a la multitud las bienaventuranzas: BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN CUANTO AL ESPÍRITU, LOS MANSOS...Donde Hölderlin se sienta a contemplar el Egeo y las cumbres de los montes y se sumerge en lo absoluto de la naturaleza. ¡No! ya lo hemos dicho: nada de prosaico, nada tiene el eremita de Grecia y así sufre todo...lo prosaico hasta la locura.
La esfera de luz que rodea las cosas parecería una imaginación artificiosa para quien ¡no la experimenta! Vayamos a una experiencia del cine de un director del cual no se puede sospechar un cristianismo moral o una moralina edificante: IGMAR BERGMAN. En su obra EL SÉPTIMO SELLO, bien que está en época y en tema, aparece una pareja tocada por la visión del claro. Y en su posterior película EL SILENCIO se concluye escribiendo en el vidrio helado de un tren: "ESPRIT", una apelación al claro cerrado. El claro es un don para quien lo experimenta. Y de ello habla decididamente el filósofo del siglo XX, Martín Heidegger.
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