Es el filósofo quien recibe de la sabiduría la medida de la justicia, la idea de las ideas, lo visto por el ojo del alma, el NOYS, según lo afirma en el diálogo REPÚBLICA. Es solo él quien da preceptos al alma como el médico para el cuerpo y ellos derivan de la justicia (DIKE) según lo muestra en el diálogo Gorgias (la ADIKÍA es el peor de los males). Es quien se abstiene de los placeres, deseos, dolores y temores en tanto que se pueda para que alma, libre de ellos, participe de lo que es divino, puro y único en la forma, el eidos único (MONOEIDOS) según lo repite una y otra vez en el diálogo Fedón para mostrar porqué no debe temerse a la muerte.
Esto tan criticado por modernos y posmodernos ha sido probado en el siglo XX por el abogado santo que se enfrentó con el imperio inglés con éxito y ayunó por la paz de su pueblo ¡Probaba la pureza como buen yogi y la orientaba hacia la justicia política como Sócrates!
El hombre justo es la medida de la justicia. Gandhi castigaba en sí la injusticia de los hombres sensitivos y no espirituales con el ayuno que dormía su cuerpo y despertaba su espíritu. Y eso sucedió y tuvo su efectividad entre los mundanos de la gran política y entre los apasionados de las religiones sin espíritu. Él se educó en la Gita que los hodiernos aceptan odiando el paralelo griego.
Los que se ocupan del alma y no están sometidos a los cambios sensibles del cuerpo que obliga a enjuiciar según las pasiones que los hacen errar son quienes filosofan y son dulcemente exhortados por la sabiduría a la paz y se recogen en el alma misma: en lo que ella misma según ella misma habrá contemplado de las cosas que son verdaderamente, lo inteligible e invisible. Permanece contemplando la verdad y lo divino y lo no sujeto a opinión, liberándose despues de la muerte hacia lo que es de su misma naturaleza saliendo de los males humanos ¿Cómo luego temerá la muerte? Lejos de ello Sócrates como los cisnes sagrados de Apolo goza de esa partida hacia el Hades. No obstante no dejará de dar argumentos para disipar los temores de los discípulos acerca de la pervivencia del alma, que es vida. De este modo cura el alma débil dándoles la balsa del argumento que los lleve por la vida presente o el bajel del logos divino que es la filosofía.
Ellos deben persuadirse más por la verdad que por Sócrates. Su dulce halo de santidad nos embriaga sin embargo cada vez que lo escuchamos.
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