La relación chocante de Jesús con el mundo está expresada: MI TIEMPO AÚN NO HA VENIDO MAS VUESTRO TIEMPO SIEMPRE ESTÁ PREPARADO. NO PUEDE EL MUNDO ABORRECEROS A VOSOTROS MAS A MI ME ABORRECE PORQUE DOY TESTIMONIO QUE SUS OBRAS SON MALAS.
Los hombres se mueven por apariencias y no se recogen en el silencio de la sabiduría. La fiesta de los tabernáculos dará lugar a la acumulación de mucha gente y Jesús, que sabe lo que hay en el hombre, se sustrae. Su hora no ha llegado (la cruz) y su fiesta no será la del mundo sino la de su gloria.
Es cosa de las ciencias de la inmediatez estudiarla y predecir el comportamiento de las gentes. El bien y el mal no se miden por lo que Jesús ve junto al Padre sino por el consenso de los hombres fuera de la sabiduría. El sabio sirve de norma pero entre las masas y sus dirigentes o artistas rectores es ignorado. El mundo más y más se autonomiza con el poder de la publicidad y la expansión de toda liberación.
No se puede servir a dos amos: aborrecerá a uno u a otro. La posibilidad de abolir tales diferencias está en curso: una sola norma que mida: el mundo.
Jesús expresa lo contrario. Y esto no es asunto de religión sino de autonomía: "yo no soy y mis circunstancias" sino que soy capaz de negar todo (raza, cultura, nacionalidad, ideología, ciencias de la inmediatez, riquezas, placeres) y siendo libre ya seguirlo a Él que es seguirme a mi, conocerlo a Él que es conocerme a mí, como dice Agustín.
Soy libre y autónomo, nada hay superior a mí en cuanto espíritu (naturidad, mundanidad) salvo aquel quien me llama desde su envío por parte del Padre.
Cómo será esto no lo sé ahora pero sí sé lo que es no depender de lo que no soy aunque me rodee. Puedo negar todas las negaciones posmodernas porque no me dejaré dominar por nada y ser yo mismo mi libertad. Así seré ciudadano del estado libre universal, comunidad de seres libres como lo canta Schiller y lo compone Beethoven.
Y cuando llegue el tiempo de Jesús veré su don de vida eterna. La verdad me hace libre y luego esa libertad me hizo verdadero.
Los hombres se mueven por apariencias y no se recogen en el silencio de la sabiduría. La fiesta de los tabernáculos dará lugar a la acumulación de mucha gente y Jesús, que sabe lo que hay en el hombre, se sustrae. Su hora no ha llegado (la cruz) y su fiesta no será la del mundo sino la de su gloria.
Es cosa de las ciencias de la inmediatez estudiarla y predecir el comportamiento de las gentes. El bien y el mal no se miden por lo que Jesús ve junto al Padre sino por el consenso de los hombres fuera de la sabiduría. El sabio sirve de norma pero entre las masas y sus dirigentes o artistas rectores es ignorado. El mundo más y más se autonomiza con el poder de la publicidad y la expansión de toda liberación.
No se puede servir a dos amos: aborrecerá a uno u a otro. La posibilidad de abolir tales diferencias está en curso: una sola norma que mida: el mundo.
Jesús expresa lo contrario. Y esto no es asunto de religión sino de autonomía: "yo no soy y mis circunstancias" sino que soy capaz de negar todo (raza, cultura, nacionalidad, ideología, ciencias de la inmediatez, riquezas, placeres) y siendo libre ya seguirlo a Él que es seguirme a mi, conocerlo a Él que es conocerme a mí, como dice Agustín.
Soy libre y autónomo, nada hay superior a mí en cuanto espíritu (naturidad, mundanidad) salvo aquel quien me llama desde su envío por parte del Padre.
Cómo será esto no lo sé ahora pero sí sé lo que es no depender de lo que no soy aunque me rodee. Puedo negar todas las negaciones posmodernas porque no me dejaré dominar por nada y ser yo mismo mi libertad. Así seré ciudadano del estado libre universal, comunidad de seres libres como lo canta Schiller y lo compone Beethoven.
Y cuando llegue el tiempo de Jesús veré su don de vida eterna. La verdad me hace libre y luego esa libertad me hizo verdadero.
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