Nos hemos acostumbrado a entrar en un terreno donde la Filosofía ya no obra más sino de la cual cosechamos sus frutos maduros. Junto a la no-Filosofía de los modernos desde Marx y a la no (no Filosofía) de los posmodernos desde Merleau, cuyas consecuencias corroboramos cada día en nuestro presente.
Ese terreno está más cerca de nosotros y es la Sofía de aquella Filosofía que es reconocida hoy como lenguaje.
Y ella legítimamente nos cobija y somos huéspedes suyos. Hay que subrayar que quienes estudiamos desde un comienzo Filosofía teníamos la expectativa de Sócrates, Platón y Aristóteles de divinizarnos lo más posible. En términos reales significa: embellecernos y armonizarnos como el dios, ingresar en la métrica y la proporción.
Luego nos encontramos con San Agustín y el comienzo de las Confesiones donde el destinatario de las palabras es el Verbo que nos fue hablando por los patriarcas, luego por los profetas y finalmente por sí mismo. La confesión suya que dice "nos hiciste para tí y mi espíritu esta inquieto hasta que no descanse en ti" nos atravesó el corazón que comenzó a brotar alabanzas al saber de San Pablo, su fundamento.
Desde el comienzo nos encendieron Sócrates y Agustín mas luego al proponérsenos Hegel presentado como algo nuevo navegamos en el océano de sus enjundiosos prefacios y en la precisa Enciclopedia que fue nuestra Biblia.
Luego vino Boeder que rompió la línea del continuo y cada época adquirió plenitud y autonomía y cada totalidad se volvió clausa, siendo perfecta la de la Historia mas con la alegría inmensa de las SABIDURÍAS donde las tres épocas de la Historia se fundamenta.
Las tres sabidurías se volvieron constitucionales: LAS MUSAS, EL ESPÍRITU SANTO en quien fuimos bautizados y LA NATURALEZA que nos envuelve siempre.
Hace años que ellas se volvieron casa y habitación en un presente que crece y la Filosofía quedó ya hecha más no desecha como en aquellos que viven en el progreso indefinido de la línea del continuo que es un tren muy largo donde se van desenganchando vagones.
Se aquieta nuestro espíritu en el ritmo de la paz.
Ese terreno está más cerca de nosotros y es la Sofía de aquella Filosofía que es reconocida hoy como lenguaje.
Y ella legítimamente nos cobija y somos huéspedes suyos. Hay que subrayar que quienes estudiamos desde un comienzo Filosofía teníamos la expectativa de Sócrates, Platón y Aristóteles de divinizarnos lo más posible. En términos reales significa: embellecernos y armonizarnos como el dios, ingresar en la métrica y la proporción.
Luego nos encontramos con San Agustín y el comienzo de las Confesiones donde el destinatario de las palabras es el Verbo que nos fue hablando por los patriarcas, luego por los profetas y finalmente por sí mismo. La confesión suya que dice "nos hiciste para tí y mi espíritu esta inquieto hasta que no descanse en ti" nos atravesó el corazón que comenzó a brotar alabanzas al saber de San Pablo, su fundamento.
Desde el comienzo nos encendieron Sócrates y Agustín mas luego al proponérsenos Hegel presentado como algo nuevo navegamos en el océano de sus enjundiosos prefacios y en la precisa Enciclopedia que fue nuestra Biblia.
Luego vino Boeder que rompió la línea del continuo y cada época adquirió plenitud y autonomía y cada totalidad se volvió clausa, siendo perfecta la de la Historia mas con la alegría inmensa de las SABIDURÍAS donde las tres épocas de la Historia se fundamenta.
Las tres sabidurías se volvieron constitucionales: LAS MUSAS, EL ESPÍRITU SANTO en quien fuimos bautizados y LA NATURALEZA que nos envuelve siempre.
Hace años que ellas se volvieron casa y habitación en un presente que crece y la Filosofía quedó ya hecha más no desecha como en aquellos que viven en el progreso indefinido de la línea del continuo que es un tren muy largo donde se van desenganchando vagones.
Se aquieta nuestro espíritu en el ritmo de la paz.
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