Seguimos recibiendo la catarata de palabras afiladas como flechas: PELEA LA BUENA BATALLA DE LA FE, ÁSETE DE LA ETERNA VIDA A LA QUE FUISTE LLAMADO Y DE LA CUAL CONFESASTE LA BELLA CONFESIÓN DELANTE DE MUCHOS TESTIGOS.
El asentimiento de Timoteo en la fe acerca de la vida eterna es acerca de DIOS QUE DA VIDA A LAS COSAS Y DE JESUCRISTO QUE DIO EL MISMO TESTIMONIO EN PONCIO PILATO ACERCA DE LA CONFESIÓN BELLA.
Es decir testimonio del ser del ente. La Palabra del ser dio testimonio de su procedencia al procurador romano, es decir a Roma, destino de la historia. Quienes quieren cegar esta diferencia ontológica son meros historiadores y sofistas de la cultura.
Aquí Timoteo guarda el mandamiento sin tacha hasta la epifanía de nuestro Señor Jesucristo que mostrará al bendito que habita en una luz inaccesible a quien nadie vio ni puede ver, el rey de reyes.
Tal supra trascendencia se vuelve inmanencia en Jesucristo y no se puede ignorar esta diferencia como denuncia Heidegger sin poder confesar él mismo que solo así se comprende y se usufructúa la filiación con aquel Padre de nuestro Señor Jesucristo.
La bella confesión que accede en el sí de Jesucristo al dominio sempiterno, es decir la ser del ser.
El asentimiento de Timoteo en la fe acerca de la vida eterna es acerca de DIOS QUE DA VIDA A LAS COSAS Y DE JESUCRISTO QUE DIO EL MISMO TESTIMONIO EN PONCIO PILATO ACERCA DE LA CONFESIÓN BELLA.
Es decir testimonio del ser del ente. La Palabra del ser dio testimonio de su procedencia al procurador romano, es decir a Roma, destino de la historia. Quienes quieren cegar esta diferencia ontológica son meros historiadores y sofistas de la cultura.
Aquí Timoteo guarda el mandamiento sin tacha hasta la epifanía de nuestro Señor Jesucristo que mostrará al bendito que habita en una luz inaccesible a quien nadie vio ni puede ver, el rey de reyes.
Tal supra trascendencia se vuelve inmanencia en Jesucristo y no se puede ignorar esta diferencia como denuncia Heidegger sin poder confesar él mismo que solo así se comprende y se usufructúa la filiación con aquel Padre de nuestro Señor Jesucristo.
La bella confesión que accede en el sí de Jesucristo al dominio sempiterno, es decir la ser del ser.
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