ocupación filosófica es la purificación del pensamiento: lo hemos visto en el inicio al joven que subía en el carro llevado por inteligentes yeguas hacia la casa de la noche ¡cuántos testimonios se nos mostrarán en la historia de la verdad de tal diferenciación con respecto al mundo como camino trillado! Empezamos con la Odisea, matriz de todo lo que seguirá, cuando Ulises abre la visión del Hades donde se le revela el camino de la vuelta y el cómo alcanzar el fin: “entonces llegarás y a tu alrededor tus gentes serán felices”. Debía vencerse a sí mismo comenzando por las sirenas que le cantarían las bellezas del mundo, por Escila que o llenaría de terrores, por la tentación de comerse esas carnosas vacas en la isla del sol y luego en el hogar vencerse a sí mismo llegando como mendigo ¡Quien tenga oídos que oiga! Oídos espirituales y no ojos para ver cine… y ver con los oídos como el personaje de Lear.
Es difícil persuadirse para salir de la persuasión de la verdad de quieto corazón, volviendo a la discusión con los hombres de dos cabezas que afirman lo que es y no es sin querer ni poder ver la crisis: que es y es necesario que sea, que no es y es imposible que sea, lo absolutamente verdadero y lo imposiblemente verdadero. ¡Volver a las opiniones y a las apariencias! Cuando ellas han tomado ya sustancialidad con el pluralismo de Empédocles, Anaxágoras y Demócrito y con la antropología antilógica de Zenón, Gorgias y Protágoras…Volver cuando una ha sido enviado a buscar por la dignidad del derecho, por la posición más antigua y divina, y dirigido la mirada a la indicación de quien divide la noche del día, para ver lo inengendrado e inmóvil y perfecto, íntegro y uno…Hay que dar testimonio de ello y Sócrates, el maestro del “conócete a ti mismo” lo hará para disolver la antropología reinante.
Entonces comienza la gigantomaquia del ser con la diálectica platónica que pone al hombre paradigmático que morirá por ello después de haber aprendido a morir filosofando, es decir deshaciendo la medida del mundo y de la naturaleza para abrir la de la sabiduría, la SOPHÍA DE LA PHILOSOPHIA.
Aquí la actividad vital del filósofo es ir muriendo para que el alma en ella misma se haga cercana a la verdad y este morir significa la adquisición de las virtudes intelectuales y las morales bajo la medida de la sabiduría; ir muriendo a la inmediatez sensible por tal ejercicio virtuoso que en el diálogo República es condición sine qua non para gobernar: no ser profesor de filosofía (ostentando la graduación más cursos y acreditaciones), sino poseer las virtudes medido por la medida que está más allá de la esencia, la idea de las ideas, la idea del bien. Hasta Heidegger apela a la nobleza, al origen, como condición del pensador admitido en la Gelassenheit.
Sócrates revela porqué el filosofo no se arredra ante la muerte y su permanencia es solamente buena para ellos como alumnos, él espera encontrarse con mejores en lo que atañe a la virtud y no en los primeros en este mundo que son primeros en los honores de la caverna descripta en la POLITEIA, de la cual sale el filósofo y a la cual debe volver para su muerte inmediata. En el momento de su partida la filosofía debe consolar a los discípulos probando la inmortalidad del alma, la cual mientras se halla en el cuerpo, o bien ama la verdad y alcanza a tocarla obrando por sí misma en su pureza o bien se ve esclava de lo sensible como los políticos, los poderosos y la multitud cautiva de ese modelo.
Argumenta entonces dialécticamente ese Sócrates, que produce él mismo el asombro por la encarnación de la sophía, mostrando que el alma conocía, antes de ver las cosas iguales, la idea de la igualdad o de lo igual en sí, que nunca padece mengua y que es recordada cuando percibe las cosas iguales. Así antes de nacer hemos visto la idea, en especial la de lo bueno y la de lo justo. Las ideas son el objeto de la dialéctica ¿Cómo vienen a nosotros si no recordando? El aprender es pues recordar y el que sabe es quien da el logos de las ideas, el dialéctico, ideas inmóviles y únicas que el alma ha visto previamente, pues he aquí que son subsistentes lo bello y lo bueno (deben serlo) y justifican ellas así al alma, objeto del temor de insustancialidad para los débiles en el filosofar. Hay bien y hay alma que depende de él: tal es el axioma. Quien no lo acepta debe renunciar a esa dignidad irrenunciable y aceptar por lo menos la racionalidad del argumento.
Se acepta pero se teme: ¿después de esta vida cómo saber que no se disipará el alma como un humo? No se puede conocer por la inmediatez ya mismo pero hay un saber y una razón conceptual que se despierta ante su persuasión. La ob-audiencia es requisito fundamental: quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás…quien no se niega a sí mismo no puede ser su discípulo. Otra instancia de lo mismo (no de lo igual).
No hay comentarios:
Publicar un comentario