Confiando
en aquel genio que escribió el cuarto evangelio y que tuvo tal cercanía con
Jesucristo podemos escuchar lo raro del Apocalipsis donde él comienza viendo a
su Jesús COMO UN HIJO DE HOMBRE VESTIDO CON UNA TÚNICA TALAR CEÑIDO EL TALLE
CON CEÑIDOR DE ORO. CABELLOS BLANCOS COMO DE NIEVE OJOS COMO LLAMA DE FUEGO
PIES DE METAL PRECIOSO VOZ COMO EL DE GRANDES AGUAS EN SU MANO DERECHA SIETE
ESTRELLLAS Y DE SU BOCA SALÍA UNA ESPADA AGUDA DE DOS FILOS Y SU ROSTRO ERA COMO
EL SOL CUANDO BRILLA CON TODA SU FUERZA.
Y
quien se les había mostrado resucitado y a quien habían tocado en la
resurrección le dice a solo él: YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO EL QUE
VIVE…ESTUVE MUERTO PERO AHORA ESTOY VIVO POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS Y TENGO
LAS LLAVES DE LA MUERTE Y
DEL HADES.
Su
discurso se dirige a las siete iglesias del Asia, algo que no nos atañe a
quienes no estuvimos allí en la primera centuria del primer milenio. Parece muy
particular. Si no fuera porque pudiéramos sacar provecho de las siete estrellas
y
de
los siete candelabros alegóricamente: hay siete virtudes, tres teologales y
cuatro cardinales que son constitutivas del alma, la cual sin ellas languidece
su vida sin dirección ni sentido en lo que pertenece a la fe y la esperanza y
sin vida en lo que hace a la caridad y por la debilidad de las virtudes
cardinales se hunde en su propia nada
como término de su particularidad. Y los siete espíritus o dones del Espíritu o
estrellas no tendrán qué hacer allí.
Por
eso concluye: OIGA QUIEN TENGA OÍDOS LO QUE EL ESPÍRITU DICE A LAS IGLESIAS: AL
VENCEDOR LE DARÉ A COMER DEL ÁRBOL DE LA VIDA
QUE ESTÁ EN EL PARAÍSO.
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