Se suele pensar que la filosofía es cosa de los pensadores y es cierto. Se suele considerarla como una disciplina universitaria y también es cierto. Pero la verdad es que nos atañe a cada uno de nosotros en nuestra conciencia y autoconciencia donde la universalidad se muestra en nosotros como espíritu. Somos corporales y acabamos de tomarnos un helado si es verano o una café doble con leche caliente si es invierno. Somos anímicos y sentimos nuestra circunstancia actual así y así. Pero la filosofía es nuestro pensar espiritual o conceptual que alcanza a poseerse y realizarse como espíritu sin cortapisas.
Yo soy mi ser pensante que es mi libertad. No puedo prescindir de ser y sin embargo bajamos a nuestra animidad y a nuestra corporalidad como excluyentes. Así además lo exige la condición posmoderna o social. No sé cómo se puede soportar el acosamiento social que produce el cancelamiento de mi condición de espíritu. De hecho la filosofía queda relegada anulando mi horizonte propio en el espíritu.
No quiero dejar tampoco de mencionar la condición teologal por la cual somos interlocutores del Verbo de Dios y esto también es filosofía o como hemos dicho tanto aquí: filo-sofía. ¿Por qué no quieres que ame a la sabiduría? decía Agustín a un hereje. La sabiduría de la filo-sofía en este caso es la Persona del Verbo de Dios Padre. Y el saber es aquí amarlo y recibirlo guardando su palabra como se dice en Juan 14.
Repetimos esto con gozo y con pena. Con gozo porque configura una relación con la filosofía como forma de nuestra conciencia, como decía mi maestro. Con pena porque nadie la considera necesaria sino adorno para otras actividades y saberes más importantes para actuar en esta vida.
Pero terminamos con aquello de Aristóteles: cuanto más se extienda la theoría o contemplación filo-sófica, más se extiende la felicidad.
Yo soy mi ser pensante que es mi libertad. No puedo prescindir de ser y sin embargo bajamos a nuestra animidad y a nuestra corporalidad como excluyentes. Así además lo exige la condición posmoderna o social. No sé cómo se puede soportar el acosamiento social que produce el cancelamiento de mi condición de espíritu. De hecho la filosofía queda relegada anulando mi horizonte propio en el espíritu.
No quiero dejar tampoco de mencionar la condición teologal por la cual somos interlocutores del Verbo de Dios y esto también es filosofía o como hemos dicho tanto aquí: filo-sofía. ¿Por qué no quieres que ame a la sabiduría? decía Agustín a un hereje. La sabiduría de la filo-sofía en este caso es la Persona del Verbo de Dios Padre. Y el saber es aquí amarlo y recibirlo guardando su palabra como se dice en Juan 14.
Repetimos esto con gozo y con pena. Con gozo porque configura una relación con la filosofía como forma de nuestra conciencia, como decía mi maestro. Con pena porque nadie la considera necesaria sino adorno para otras actividades y saberes más importantes para actuar en esta vida.
Pero terminamos con aquello de Aristóteles: cuanto más se extienda la theoría o contemplación filo-sófica, más se extiende la felicidad.
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