Uno vende naranjas y otro corta el pelo y así. Cuando muere uno viene otro a ocupar su lugar y cada uno tiene necesidad de trabajar y de consumir. El médico nos alarga junto con su ciencia la vida pero nada más que eso. La sociedad sigue el individuo perece aún antes de morir. Así es y así será. Cuando uno pretende hablar de lo que no es instrumental el interlocutor tiene algo que hacer, sea religioso, comerciante o docente.
La escuela por otra parte ofrece enseñar lo que no sirve para el tráfico o para la religión sino que se ubica en la dimensión de la PERSONA, busca como el arqueólogo desenterrar con cuidado la pieza más antigua: aquello que somos `por el llamado del origen de la PALABRA DEL SER. El Verbo nos ha llamado o bien en Él hemos sido llamados antes del cosmos, ya no de la sociedad. Además enseña lo que atañe a la humanidad como tal, su destino histórico. Y para ello enseña geografía y ciencias.
La sociedad toma de ello lo que le puede servir, o sea la capacitación y el individuo la sirve para vivir y aún para fundirse con ella. Pero he aquí que al ser enseñado algo ve y siente de su persona soterrada aunque la cerrazón de la sociedad desde el abandono progresivo de la religión revelada por el Verbo encarnado y sacramentado. Fue plausible entonces enarbolar banderas de libertad pero fueron arrasadas por una liberación que nos esclavizaría de la sociedad: a todos a religiosos que ya serán modernos y luego posmodernos y por ende al proletariado que querrá alcanzar lo que tenían los ricos. Pero la sociedad los usará a todos como instrumento y será el nuevo Dios. Esto más o menos ha sido profetizado así en los libros escatológicos, en el final, en el Apocalipsis.
Pero no a todos se arrastra: están los que se sienten personas y que no son de nadie sino de quien los ha llamado a serlo, es decir del colmo de la libertad, le pertenecen a la libertad que es la verdad de su origen: la participación en la gloria amorosa de las personas. La sociedad se recuerda así en su origen: el pecado contra aquel destino y el comer el pan con el sudor y con el dolor y con la esclavitud. La sociedad implica la cerrazón mas ésta no puede ser total. Además hay juicio por la persona: quien más la honra y quien menos la sepulta por las cosas. No sabemos nosotros la sentencia pero recordamos la ciudad de Dios que es otra que la sociedad crecida hasta la hipertrofia.
La persona que somos cada uno es la causa de toda la creación material. Había una última posibilidad y quien creó la llevó a cabo: que los seres de cuerpo y alma tuvieran el destino de ser imágenes suyas en el amor, en la cercanía de quien es su ser con quienes sólo tienen ser prestado. Las cosas creadas no son más que signos y la sociedad misma no es otra cosa que el conjunto de los instrumentos efímeros.
Estas cosas efímeras se han independizado y llevado a la rastra a las personas. Sabemos que hay un redentor que las vuelve presentes para sí mismas y les da la morada en la casa de su Padre.
Lo sabíamos en el catecismo mas la confusión de todo amenaza con borrar el rostro, los rostros entre la profusión de las cosas, hoy tecnológicas. Todo instrumento, hasta las personas que son el principio y el fin.
La escuela por otra parte ofrece enseñar lo que no sirve para el tráfico o para la religión sino que se ubica en la dimensión de la PERSONA, busca como el arqueólogo desenterrar con cuidado la pieza más antigua: aquello que somos `por el llamado del origen de la PALABRA DEL SER. El Verbo nos ha llamado o bien en Él hemos sido llamados antes del cosmos, ya no de la sociedad. Además enseña lo que atañe a la humanidad como tal, su destino histórico. Y para ello enseña geografía y ciencias.
La sociedad toma de ello lo que le puede servir, o sea la capacitación y el individuo la sirve para vivir y aún para fundirse con ella. Pero he aquí que al ser enseñado algo ve y siente de su persona soterrada aunque la cerrazón de la sociedad desde el abandono progresivo de la religión revelada por el Verbo encarnado y sacramentado. Fue plausible entonces enarbolar banderas de libertad pero fueron arrasadas por una liberación que nos esclavizaría de la sociedad: a todos a religiosos que ya serán modernos y luego posmodernos y por ende al proletariado que querrá alcanzar lo que tenían los ricos. Pero la sociedad los usará a todos como instrumento y será el nuevo Dios. Esto más o menos ha sido profetizado así en los libros escatológicos, en el final, en el Apocalipsis.
Pero no a todos se arrastra: están los que se sienten personas y que no son de nadie sino de quien los ha llamado a serlo, es decir del colmo de la libertad, le pertenecen a la libertad que es la verdad de su origen: la participación en la gloria amorosa de las personas. La sociedad se recuerda así en su origen: el pecado contra aquel destino y el comer el pan con el sudor y con el dolor y con la esclavitud. La sociedad implica la cerrazón mas ésta no puede ser total. Además hay juicio por la persona: quien más la honra y quien menos la sepulta por las cosas. No sabemos nosotros la sentencia pero recordamos la ciudad de Dios que es otra que la sociedad crecida hasta la hipertrofia.
La persona que somos cada uno es la causa de toda la creación material. Había una última posibilidad y quien creó la llevó a cabo: que los seres de cuerpo y alma tuvieran el destino de ser imágenes suyas en el amor, en la cercanía de quien es su ser con quienes sólo tienen ser prestado. Las cosas creadas no son más que signos y la sociedad misma no es otra cosa que el conjunto de los instrumentos efímeros.
Estas cosas efímeras se han independizado y llevado a la rastra a las personas. Sabemos que hay un redentor que las vuelve presentes para sí mismas y les da la morada en la casa de su Padre.
Lo sabíamos en el catecismo mas la confusión de todo amenaza con borrar el rostro, los rostros entre la profusión de las cosas, hoy tecnológicas. Todo instrumento, hasta las personas que son el principio y el fin.
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